La dieta mediterránea, considerada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, no solo es tradición: también es tendencia saludable. Más allá de productos “de moda”, su poder protector viene del patrón dietético clásico, validado por decenas de estudios con miles de personas.
La UNESCO la define como un conjunto de conocimientos, rituales y prácticas ligadas al cultivo, la pesca, la cría de animales y la forma de conservar, cocinar, compartir y consumir los alimentos. Es decir, no es solo lo que comemos, sino también cómo y con quién lo comemos: un auténtico estilo de vida social.
Para saber cuán “mediterránea” es nuestra mesa, los expertos proponen 14 puntos que suman o restan. Entre los alimentos estrella están el aceite de oliva, las frutas, verduras y hortalizas, las legumbres, el pescado y marisco, los frutos secos, la carne blanca y el tradicional sofrito que acompaña muchos platos principales.
En el lado opuesto, restan puntos y nos alejan del patrón mediterráneo las carnes rojas y procesadas, la mantequilla, margarina o nata, las bebidas carbonatadas, así como la repostería industrial. La clave está en volver a lo sencillo, lo casero y lo fresco, lejos de los ultraprocesados.
Los beneficios de esta forma de comer empezaron a documentarse en los años 70, pero fue el estudio PREDIMED, con participación de más de 90 investigadores en España, el que marcó un antes y un después. Sus resultados mostraron una menor incidencia de eventos cardiovasculares entre quienes seguían la dieta mediterránea frente a otros patrones alimentarios.
Hoy, tras décadas de investigación, el veredicto es claro: la dieta mediterránea es una aliada sólida de la salud. Seguirla reduce el riesgo de mortalidad y de enfermedades tan frecuentes como los problemas cardiovasculares, el cáncer y la diabetes tipo 2, además de proteger frente al deterioro cognitivo, la demencia y el alzhéimer. Comer como antes, resulta ser una apuesta muy actual.

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